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Nota de diario X

  • Foto del escritor: Priscila Vallone
    Priscila Vallone
  • 13 ago 2018
  • 1 Min. de lectura

Mi hermano tuvo que morir una vez y otras mil veces en mi mente para que entendiera que había muerto de verdad. Tuve que estar despierta 17 horas ese día luego meses luego años reconstruyendo detalle por detalle para reafirmar la pérdida, que se había ido de verdad. Mi hermano tuvo que dejar el cuerpo niño luego cadáver para que yo entendiera que lo había dejado del todo que ya no era de verdad. Y tuve que llorarlo otras mil veces y escribirle y soñarlo y así drenar la herida hasta que yo entendiera finalmente que todavía está ahí. Del otro lado. Que se comunica distinto, que mi espera es una daga, que lo único que puedo hacer es sanar y para sentirnos más cerca, amar. Mi hermano tuvo que morir para que yo pudiera entender la intensidad de la vida, mirar a los ojos del dolor infinito, encontrar lucidez en la violencia del caos, perdonarme por todo lo que no hice ni dije y otros fantasmas de mis faltas, para que entendiera que el finísimo ardor en el fondo de los días -de todos los días- no tiene tiempo, ni fin, ni cuerpo. Como tampoco lo tiene el amor. Mi hermano se fue y me dejó en el encuentro con un sentido fundamental. A veces siento que me guía. Que está ahí, esperando a que yo entienda todo eso que él ya sabe.

 
 
 

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