Pupilar
- Priscila Vallone
- 14 ago 2018
- 2 Min. de lectura
(A veces sigue pareciendo mentira al hundirme en esos ojos saber que ya no me ven ni me verán. A veces parece mentira que ya no lo podremos volver a tocar. Cuando la realidad se disocia y recorres con caricias su pelo en tu imaginario y te olvidas que ya no está y sobre todo que no estará. A veces cuando dejas un hilo de esperanza guardado porque sí y para no enloquecer y para no terminar de morir y algunos días se prende, sin querer, y te olvidas de todo lo que pasó y pensas de nuevo que todo es posible y que existirá un momento en esta vida y en este planeta dentro de mucho tiempo en el que las miradas se vuelvan a cruzar. Y le vuelvas a dar un abrazo. Y todo eso que viniste buscando y deseando y esperando a lo largo de toda tu vida -porque si, dura toda tu vida, desde que se fue y hasta que te vayas- por fin se cumpla. Y por fin haya alivio. Por fin descanso. Por fin ya no anhelar imposibilidad. Por fin volver a ocuparte de las cosas del mundo. Porque antes de todo esto uno vive anestesiado como si las cosas importantes realmente fueran siempre de este mundo. Hasta que el mundo se vuelve meramente un pequeño espacio transitorio donde movilizar un cuerpo que se vuelve ajeno e irreal. Que el dolor y la ansiedad quieren llevar a otro lado. Que debe volver a recordar cómo ser y estar. Y aprende. Aprende bien y recuerda lo humano y olvida la locura que es perder tanta cantidad de amor de un saque como si perdiera la mitad de sangre en el cuerpo o peor. Muchos días peor. Aprende. Hasta que se cruza con esos ojos de nuevo, y por un momento, despierta. Se desanestesia. Entiende la esencia en el fondo de las cosas y de la propia vida. Por qué todavía si. Por qué ya no.)

コメント